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México después de la Revolución. ¿Hay algo que celebrar?

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             “El deterioro de la identidad mexicana”

Alguna vez México fue un tesoro escondido, una tierra indomable, una amazona, una tierra virgen; corazón de la tierra prometida.

Luego de la independencia mexicana, México enfrentó graves problemas de inexperiencia política y enormes deudas. Ante los sucesos, diversos líderes políticos ocuparon el cargo presidencial logrando emular el dictamen de la colonia peninsular.

El general Porfirio Díaz logró una autocracia por más de 30 años en dónde la desigualdad social y la miseria permeaban en cada uno de los estados de la república.

El nacionalismo vestido de protagonismo abundaba en las novedosas películas que alegraban aquella época. Díaz de viaje, Díaz paseando, mientras la población era brutalmente lastimada y esclavizada.

Años de aguante y esperanza llegaban a su fin en 1910, cuando líderes revolucionarios decidieron oponerse al porfiriato. Los desacuerdos entre ellos, sus ambiciones propias, su sed de ser reconocidos fueron propiciando el declive de la reputación mexicana.

Madero en conjunción con los líderes revolucionarios no entendieron el espíritu “revolucionario” no se trataba de proyectar otro dictamen, no se trataba de disfrazar las intenciones o ser protagonistas, porque al final de todo cada quién buscaba su propia ambición.

Después de los efímeros gobiernos de F. León de la Barra, F. I. Madero, Pedro Lascuráin, y Victoriano Huerta, de la Revolución sólo quedaba el deterioro de la imagen de México. El mundo percibía al hombre mexicano como un bandido y no era para menos, esto no fue más que el resultado de la lucha de facciones por el poder que terminaron aterrorizando a la sociedad.

Y ante la casi inexistente “esperanza de vida” lo único que amortiguaba la desesperación era el cine que poco a poco empezaba a permear en México. Cómo si ver una película resolviera todo.

La Revolución había hartado a todo mundo, nadie quería seguir viendo el intento de nacionalismo que el gobierno quería propagar en México pero principalmente en el extranjero. ¿Qué había de las promesas, y el ímpetu que logró persuadir a los líderes revolucionarios en un principio?

Nuevamente, el nacionalismo (el gobierno) consiguió controlar las artes y con ello el cine. Hoy en día, a más  de 100 años de la Revolución, México no ha logrado reponerse, cada vez la sociedad ha sido más lacerada por el gobierno, que en conjunción con las televisoras han conseguido controlar la mayor parte del pueblo mexicano.

En alguna ocasión, el señor Emilio Azcárraga Milmo, popularmente conocido como “El Tigre”  declaró en un discurso improvisado que “México es un país de clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil” (1993). Sin duda, esta ha sido la identidad que el mexicano promedio tiene, lamentablemente el señor Milmo no estaba lejos de la sustantividad. ¿Pero cómo salir adelante si no existen las herramientas y las oportunidades? ¿Para que crear canales de entretenimiento y no de conocimiento? No hay más que decir, el gobierno sigue haciendo de las suyas.

Aunado a esto, el sistema educativo y la falta de empleos han originado uno de los negocios más grandes del hemisferio; el “narcotráfico”. El narcotráfico no sólo ha penetrado en las zonas marginadas del país, sino también en la clase política, que se ha servido del dinero de éste para desarrollar grandes campañas electorales.

Mientras el gobierno se esfuerza por atraer inversionistas y turistas a los lugares más importantes del país, en dónde la moneda ha dejado de ser el peso para convertirse en dólares. La violencia en las calles, las violaciones, los feminicidios, los asaltos y los asesinatos han sido la imagen de México en el mundo.

El panorama sigue siendo el mismo, inciertamente cierto.

 

Artículo de opinión.